120 Frases de Góngora | La poesía barroca del Siglo de Oro
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Hoy en Frases de la Vida te traemos una selección de las mejores frases de Góngora. Su nombre completo era Luis de Góngora y Argote, quien nació en Córdoba en 1561 y falleció en la misma ciudad el año 1627, convirtiéndose gracias a su obra en uno de los poetas y dramaturgos más importantes del barroco español, conocido como el Siglo de Oro de las letras hispánicas.

Las frases de Góngora nos hablan tanto de sus preocupaciones personales como de los principales problemas a los que se enfrentó el arte y la literatura de su tiempo. Durante el barroco, el paso de la juventud, la muerte, así como los contrastes a los que se ve sometida la vida en todas sus esferas fueron temas recurrentes de este arte, y esto queda patente en las frases de Góngora. ¿Te animas a descubrirlas?

120 Frases de Góngora | Poesía barroca del Siglo de Oro

1. El mayor fiscal de mi obra soy yo.

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2. Que sea médico más grave quien más aforismos sabe, bien puede ser; mas que no sea más experto el que más hubiere muerto, no puede ser.

3. Hoy hacen amistad nuevo, más por Baco que por Febo, don Francisco de Quevedo don Félix Lope de Vega.

4. ¡Qué impertinente clausura y qué propiamente error, fabricar de ajenos yerros las rejas de su prisión!

5. Manda amor en su fatiga que se sienta y no se diga; pero a mí más me contenta que se diga y no se sienta.

6. Dame ya, sagrado mar, a mis demandas respuesta, que bien puedes, si es verdad que las aguas tienen lenguas.

7. Serénense tus ojos, y más perlas no des, porque al sol le está mal lo que a la aurora bien.

8. A trueco de verlos idos, como soy la que interesa, sé decir que no me pesa que vayan favorecidos.

9. Las palabras, cera; las obras acero.

10. Mal te perdonarán a ti las horas, las horas que limando están los días, los días que royendo están los años.

11. Vivid felices, largo curso de edad nunca prolijo; y si prolijo, en nudos amorosos siempre vivid esposos.

12. Como aré y sembré cogí: aré un alterado mar, sembré en estéril arena, cogí vergüenza y afán.

13. Las flores a las personas ciertos ejemplos les den; que puede ser yermo hoy el que fue jardín ayer.

14. A batallas de amor, campo de pluma.

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15. Venus hipócrita es. La fuente deja el narciso que no es poco para él, y ya no se mira a sí, admirado lo que ve.

16. Traten otros del gobierno del mundo y sus monarquías, mientras gobiernan mis días mantequillas y pan tierno, y las mañanas de invierno naranjada y aguardiente…

17. Hasta la sabiduría vende la Universidad.

18. Yace aquí, Flor, un perrillo que fue en un catarro grave de ausencia, sin ser jarabe, lamedor de culantrillo.

19. La vida es ciervo herido que las flechas le dan alas.

20. Llorando la ausencia del galán traidor la halla la luna y la deja el sol, añadiendo siempre pasión a pasión, memoria a memoria, dolor a dolor.

21. Que junte un rico avariento los doblones ciento a ciento bien puede ser; mas que el sucesor gentil no los gaste mil a mil, no puede ser.

22. Desnudo el joven, cuanto ya el vestido océano ha bebido restituir le hace a las arenas.

23. Esto de enmendar costumbres es peligroso y violento.

24. Mira que la edad miente, mira que del almendro más lozano parca es interior breve gusano.

25. Y por vida de tus ojos, que son de mis ojos vida, que nuestra amistad despida cualquier ocasión de enojos.

26. Yo no canto, madre, y si canto yo, muy triste endechas mis canciones son.

27. Ándeme yo caliente y ríase la gente.

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28. Como consulta la dama con el espejo su tez, ¿no consultará una vez con la honestidad de su fama?

29. Goza cuello, cabello, labio y frente; antes que lo que fue en tu edad dorada.

30. Si basta un solo cabello para atar mi voluntad, sin que haya necesidad de echarme cadena al cuello.

31. Muda la admiración, habla callando, y, ciega, un río sigue, que -luciente de aquellos montes hijo- con torcido discurso, aunque prolijo tiraniza los campos útilmente.

32. A la una los pies beso y al otro las manos pido: pues en ellas veo que están, según mi ventura quiso, las llaves del paraíso de este venturoso Adán.

33. Arroyo, ¿en qué ha de parar tanto anhelar y subir? acabar sin caudales y sin nombres, para ejemplo de los hombres.

34. Con gusto el joven y atención lo oía, cuando torrente de armas y de perros
que, si precipitados no los cerros, las personas tras de un lobo traía.

35. Del siempre en la montaña opuesto pino /Al enemigo Noto
Piadoso miembro roto /Breve tabla- delfín no fue pequeño /Al inconsiderado peregrino /Que a una Libia de ondas su camino /Fió, y su vida a un leño.
Del Océano, pues, antes sorbido, Y luego vomitado /No lejos de un escollo coronado /De secos juncos, de calientes plumas -Alga todo y espumas- Halló hospitalidad donde halló nido /De Júpiter el ave. 

36. El dulce lamentar de dos pastores, Salicio, juntamente y Nemoroso, he de contar, sus quejas imitando; cuyas ovejas al cantar sabroso estaban muy atentas, los amores, de pacer olvidadas, escuchando.

37. Nota: acusando a sus rivales y de bebedores.

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38. Vencida al fin la cumbre, del mar siempre sonante, de la muda campaña
árbitro igual e inexpugnable muro, con pie ya más seguro declina al vacilante.

39. Del verde margen otra las mejores rosas traslada y lilios al cabello,
o por lo matizado o por lo bello, si Aurora no con rayos, Sol con flores.

40. Era del año la estación florida /en que el mentido robador de Europa,
media luna las armas de su frente, y el Sol todo los rayos de su pelo, luciente honor del cielo, en campos de zafiro pace estrellas, cuando el que ministrar podía la copa a Júpiter mejor que el garzón de Ida, náufrago y desdeñado sobre ausente, lagrimosas de amor dulces querellas /da al mar; que condolido, fue a las ondas, fue al viento el mísero gemido, segundo de Arión dulce instrumento. 

41. Argos es siempre atento a su semblante, lince penetrador de lo que piensa, cíñalo bronce o mírelo diamante, que en sus paladiones amor ciego, sin romper muros introduce fuego.

42. Tan ligero el corzo es, que no da menos enojos el seguillo con los ojos que alcanzallo con los pies; y así por mi cuenta hallo que, si consientes decillo, hizo más que tú en herillo, la saeta en alcanzallo. Mas quede el brazo contento, camila, pues que de hoy más, aunque imposible, podrás decir que has herido al viento.

43. Hurtas mi vulto y, cuanto más le debe a tu pincel, dos veces peregrino, de espíritu vivaz el breve lino en las colores que sediento bebe, vanas cenizas temo al lino breve.

44. No bien, pues, de su luz los horizontes que hacían desigual, confusamente, montes de agua y piélagos de montes, desdorados los siente,

45.  Belga gentil, prosigue al hurto noble; que a su materia perdonará el fuego, y el tiempo ignorará su contextura. Los siglos que en sus hojas cuenta un roble, árbol los cuenta sordo, tronco ciego; quien más ve, quien más oye, menos dura.

46. Terceto final del soneto que comienza Menos solicitó veloz saeta (1623).

47. !Oh paredes, con quien el fuerte Atlante, que ya sostuvo estrellas, sus espaldas trocara de diamante¡ Vosotras incluís dos luces bellas, tales, que abrevia el cielo 20, sus faroles clarísimos en ellas.

48. Cuando, entregado el mísero extranjero en lo que ya del mar redimió fiero,
entre espinas crepúsculos pisando, riscos que aun igualara mal, volando.

49. Cuando cubra las montañas de blanca nieve el enero, tenga yo lleno el brasero de bellotas y castañas, y quien las dulces patrañas del rey que rabió me cuente… Y ríase la gente.

50. Breve esplendor de mal distinta lumbre; farol de una cabaña que sobre el ferro está, en aquel incierto golfo de sombras, anunciando el puerto va.

51. Veloz, intrépida ala, menos cansado que confuso, escala. 

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52. ¿A qué piensas, barquilla, pobre ya cuna de mi edad primera, que cisne te conduzco a esta ribera? A cantar dulce, y a morirme luego. si te perdona el fuego que mis huesos vinculan, en su orilla, tumba.

53. Durmió, y recuerda al fin cuando las aves, esquilas dulces de sonora pluma,
señas dieron süaves del Alba al Sol, que el pabellón de espuma dejó y, en su carroza, rayó el verde obelisco de la choza.

54. Lo que lloró la Aurora, si es néctar lo que llora, y, antes que el Sol, enjuga
la abeja que madruga. 

55. De este real paraíso verde jaula es un laurel de tres dulces ruiseñores que cantan a dos y a tres.

56. No excedía la oreja el pululante ramo del ternezuelo gamo que mal llevar se deja, y con razón, que el tálamo desdeña la sombra aun de lisonja tan pequeña.

57. El bosque dividido en islas pocas, fragrante productor de aquel aroma
que, traducido mal por el Egito, tarde lo encomendó el Nilo a sus bocas,
y ellas más tarde a la gulosa Grecia, clavo no, espuela sí del apetito.

58. Negras pizarras entre blancos dedos, ingenïosa hiere otra, que dudo que aun los peñascos la escucharan quedos. Al son, pues, deste rudo sonoroso instrumento.

59. El tercio casi de una milla era la prolija carrera que los hercúleos troncos hace breves, pero las plantas leves de tres sueltos zagales la distancia sincopan tan iguales, que la atención confunden judiciosa.

60. Tú, ave peregrina, arrogante esplendor -ya que no bello- del último occidente: penda el rugoso nácar de tu frente sobre el crespo zafiro de tu cuello, que himeneo a sus mesas te destina.

61. El dulce alterno canto a sus umbrales revocó felices
los novios, del vecino templo santo. Del yugo aun no domadas las cervices.

62. Yacen ahora, y sus desnudas piedras visten piadosas yedras,
que a ruinas y a estragos sabe el tiempo hacer verdes halagos.

63. No, pues, de aquella sierra, engendradora más de fierezas que de cortesía,
la gente parecía que hospedó al forastero. Con pecho igual de aquel Candor primero, que, en las selvas contento, tienda el fresno le dio, el robre alimento.

64. Imperïoso mira la campaña un escollo, apacible galería
que festivo teatro fue algún día de cuantos pisan Faunos la montaña.

65. El juïcio, al de todos indeciso, del concurso ligero, el padrino, con tres de limpio acero cuchillos corvos, absolvello quiso.

66. De una encina embebido en lo cóncavo, el joven mantenía la vista de hermosura, y el oído de métrica armonía.

67. Esfinge bachillera que hace hoy a Narciso ecos solicitar, desdeñar fuentes;
ni la que en salvas gasta, impertinentes, a pólvora del tiempo más preciso:
Ceremonia profana que la sinceridad burla, villana, sobre el corvo cayado.

68. Agradecido, pues, el peregrino, deja el albergue y sale acompañado
de quien lo lleva donde, levantado, distante pocos pasos del camino.

69. Besó la raya, pues, el pie desnudo del suelto mozo y, con airoso vuelo,
pisó del viento lo que del ejido tres veces ocupar pudiera un dardo. 

70. Estas que me dictó rimas sonoras, culta sí, aunque bucólica.

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71. Sobre dos hombros larga vara ostenta en cien aves cien picos de rubíes,
tafiletes calzadas carmesíes, emulación y afrenta aun de los Berberiscos
en la inculta región de aquellos riscos.

72. ¡Oh Duque esclarecido! templa en sus ondas tu fatiga ardiente
y, entregados tus miembros al reposo sobre el de grana césped no desnudo,
déjate un rato hallar del pie acertado que sus errantes pasos ha votado, 
a la real cadena de tu escudo.

73. No el polvo desparece el campo, que no pisan alas hierba; es el más torpe una herida cierva, el más tardo la vista desvanece y, siguiendo al más lento, cojea el pensamiento.

74. Al galán novio el montañés presenta su forastero, luego al venerable
padre de la que en sí bella se esconde con ceño dulce y, con silencio afable, 
beldad parlera, gracia muda ostenta, cual del rizado verde botón donde
abrevia su hermosura virgen rosa, las cisuras, cairela un color, que la púrpura que cela por brújula concede vergonzosa.

75. Cuál dellos las pendientes sumas graves de negras baja, de crestadas aves
cuyo lascivo esposo, vigilante,  doméstico es del Sol nuncio canoro
y, de coral barbado, no de oro, ciñe, sino de púrpura, turbante.

76. De Júpiter compulsen: que aun en lino, ni a la pluvia luciente de oro fino,
ni al blanco cisne creo. Ven, Himeneo, ven; ven Himeneo.

77. Llegó y, a vista tanta obedeciendo la dudosa planta, inmóvil se quedó sobre un lentisco, verde balcón del agradable risco.

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78. Honre suave, generoso nudo, libertad de Fortuna perseguida, que, a tu piedad Euterpe agradecida, su canoro dará dulce instrumento,
cuando la Fama no, su trompa, al viento.

79. Digna la juzga esposa de un héroe, si no augusto, esclarecido, el joven, al instante arrebatado a la que, naufragante y desterrado, lo condenó a su olvido. 

80. Hasta en las flores existe la diferencia de suerte. unas embellecen la vida y otras adornan la muerte.

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81. Músicas hojas viste el menor ramo del álamo que peina verdes canas;
no céfiros en él, no ruiseñores lisonjear pudieron breve rato al montañés, que, ingrato al fresco, a la armonía y a las flores.

82. De sitio mejorada, atenta mira en la disposición robusta aquello que, si por lo suave no lo admira, es fuerza que lo admire por lo bello.

83. ¡Oh bienaventurado albergue, a cualquier hora! No en ti la Ambición mora,
hidrópica de viento, ni la que su alimento el áspid es gitano; no la que, en vulto comenzando humano, acaba en mortal fiera.

84. Quién la cerviz oprime con la manchada copia de los cabritos más retozadores,
tan golosos, que gime el que menos peinar puede las flores de su guirnalda propia.

85. Tal, diligente, el paso, el joven apresura, midiendo la espesura con igual pie que el raso, fijo, a despecho de la niebla fría, en el carbunclo norte de su aguja,
o el Austro brame, o la arboleda cruja.

86. No el sitio, no, fragoso, no el torcido taladro de la tierra privilegió en la sierra 
la paz del conejuelo temeroso: trofeo ya su número es a un hombro, si carga no, y asombro.

87. Sirenas de los montes su concento, a la que menos del sañudo viento, pudiera antigua planta temer ruina o recelar fracaso, pasos hiciera dar el menor paso, de su pie o su garganta.

88. No fuera menor; y en suma si no queréis sea mi pluma la azada de vuestra huesa, no me tengáis más en calma, que del cuerpo es quien os cura tan confesor, como el cura es el médico del alma.

89. El can ya, vigilante, convoca despidiendo al caminante, y la que desviada
luz poca pareció, tanta es vecina, que yace en ella la robusta encina, mariposa en cenizas desatada.

90. Pasos de un peregrino son, errante, cuantos me dictó versos dulce musa en soledad confusa, perdidos unos, otros inspirados.

91. Pintadas aves, cítaras de pluma, coronaban la bárbara capilla, mientras el arroyuelo, para oílla, hace de blanca espuma tantas orejas cuantas guijas lava 
de donde es fuente a donde arroyo acaba.

92. Si mucho poco mapa le despliega, mucho es más lo que, nieblas desatando, confunde el sol y la distancia niega.

93. Dos veces eran diez, y dirigidos, a dos olmos que quieren, abrazados,
ser palios verdes, ser frondosas metas, salen cual de torcidos arcos, o nervïosos o acerados, con silbo igual, dos veces diez saetas.

94. Seña brillante no de monarquía a el femenil enjambre ostentar deja /a la que, en sus dos alas, rubia abeja, más oro ofrece al día.

95. Galatea lo diga, salteada. Más agradable, menos zahareña, al mancebo levanta venturoso, dulce ya concediéndole y risueña paces no al sueño, treguas sí al reposo, lo cóncavo hacia de una peña a un fres.

96. Purpúreas rosas sobre Galatea el alba entre lirios cándidos deshoja; duda el amor cuál más su color sea, o púrpura nevada o nieve roja; de su frente la perla es eritrea, émula vana; el ciego dios se enoja, y, condenado su esplendor, la deja pender en oro al nácar de su oreja.

97. Por cuerdo te juzgaba, aunque poeta.

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98. Cera y cáñamo unió (que no debiera), cien cañas, cuyo bárbaro ruido, demás ecos que unió cáñamo y cera alboque es duramente repetido; la selva se confunde, el mar se altera, rompe Tritón su caracol torcido, sordo huye el bajel a vela y remo; tal la música es de Polifemo.

99. Celosa estás, la niña, celosa estás de aquel dichoso, pues lo buscas, ciego, pues no te ve.

100. Otra con ella montaraz zagala juntaba el cristal líquido al humano por el arcaduz bello de una mano que al uno menosprecia, al otro iguala.

101. Llegó todo el lugar y, despedido, casta Venus, que el lecho ha prevenido 
de las plumas que baten más suaves en su volante carro blancas aves.

102. Estos árboles, pues, ve la mañana, mentir florestas y emular viales, cuantos muró de líquidos cristales, agricultura urbana.

103. Árbitro Alcides en sus ramas, dudo que el caso decidiera, bien que su menor hoja un ojo fuera del lince más agudo.

104. Los fuegos, cuyas lenguas, ciento a ciento, desmintieron la noche algunas horas, cuyas luces, del Sol competidoras, fingieron día en la tiniebla oscura, murieron y, en sí mismos sepultados, sus miembros, en cenizasdesatados, piedras son de su misma sepultura.

105. La gaita al baile solicita el gusto, a la voz el salterio; cruza el Trión más fijo el hemisferio y, el tronco mayor danza en la ribera; el Eco, voz ya entera. 

106. Pasos otro dio al aire, al suelo coces  y, premïados gradüadamente, advocaron a sí toda la gente. Cierzos del llano y Austros de la sierra, mancebos tan veloces, que cuando Ceres más dora la tierra, y argenta el mar, desde sus grutas hondas. 

107. Solícita Junón, Amor no omiso, al son de otra zampoña que conduce
Ninfas bellas y Sátiros lascivos, los desposados a su casa vuelven, que coronada luce de estrellas fijas, de astros fugitivos que en sonoroso humo se resuelven.

108. Vence la noche al fin, y triunfa mudo el silencio, aunque breve, del ruido.
Sólo gime ofendido el sagrado laurel, del hierro agudo.

109. A pesar luego de áspides volantes, sombra del Sol y tósigo del viento, de Caribes flechados, sus banderas, siempre gloriosas, siempre tremolantes,
rompieron los que armó de plumas ciento.

110. No hay silencio a que pronto no responda; fanal es del arroyo cada onda, 
luz el reflejo, el agua vidrïera. Términos le da el sueño al regocijo, mas el cansancio no, que el movimiento verdugo de las fuerzas es, prolijo.

111. En tanto, pues, que el palio neutro pende y la carroza de la luz desciende
a templarse en las ondas, Himeneo, por templar en los brazos el deseo del galán novio, de la esposa bella, los rayos anticipa de la estrella, cerúlea ahora, ya purpúrea guía de los dudosos términos del día. 

112. Ven, Himeneo, y las volantes pías que azules ojos con pestañas de oro
sus plumas son, conduzcan alta diosa, gloria mayor del soberano coro. 

113. El arco del camino, pues, torcido que habían, con trabajo, por la fragosa cuerda del atajo las gallardas serranas desmentido. 

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114. Coros tejiendo, voces alternando, sigue la dulce escuadra montañesa. 
Del perezoso arroyo el paso lento, en cuanto él hurta blando, entre los olmos que, robustos, besa, 

115. Lestrigones el istmo, aladas fieras, el istmo que el Océano divide 
y, sierpe de cristal, juntar le impide, la cabeza del Norte coronada,
con la que ilustra el Sur cola escamada, de antárticas estrellas.

116. Quién, de graves piedras las duras manos impedido, su agilidad pondera; quién sus nervios desata estremeciéndose gallardo.

117. Segundos leños dio, a segundo polo en nuevo mar, que le rindió no sólo
las blancas hijas de sus conchas bellas, mas los que lograr bien no supo Midas, metales homicidas.

118. Corderillos os brote la ribera, que la hierba menuda y las perlas exceda del rocío su número, y del río la blanca espuma, cuantos la tijera vellones les desnuda.

119. Deja de su esplendor, deja desnudo, de su frondosa pompa al verde aliso
el golpe no remiso del villano membrudo. El que resistir pudo al animoso Austro, al Euro ronco, chopo gallardo, cuyo liso tronco papel fue de pastores, aunque rudo.

120. Y los que por las calles espaciosas fabrican arcos rosas: oblicuos, nuevos, pénsiles jardines, de tantos como víolas jazmines.

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