80 Frases de Juan Rulfo: el escritor mexicano que amaba a su país
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Juan Rulfo entra en la terna de los grandes escritores latinoamericanos que hubo en el siglo XX. De entre toda la obra de este escritor, fotógrafo y guionista mexicano miembro de la Generación del 52, destacan dos libros por encima de todos los demás, El Llano en llamas y Pedro Páramo. El mexicano siempre tuvo muy presente a su país a lo largo de toda su trayectoria, ya que la mayoría de sus libros se desarrollan en escenarios rurales de México y los personajes de sus obras trasladan al lector los problemas de la sociedad de la época. Además de ser escritor también colaboró en varias películas como guionista y expuso multitud de fotografías en los mejores museos de México. Las frases de Juan Rulfo que hemos añadido a continuación, muestran precisamente la personalidad del polifacético autor.

Nacido en Jalisco, vivió una infancia intranquila ya que él y su familia tuvieron que estar continuamente cambiando de domicilio debido a la época convulsa y de violencia en la que vivían. Violencia que acabó con el asesinato de su padre cuando Juan Rulfo contaba sólo con cinco años de edad. Poco después, al morir su madre, quedó huérfano y tuvo que ser internado en un centro. Algunas frases de Juan Rulfo de las que podrás leer a continuación reflejan estos duros episodios ocurridos en su infancia. Asistió además a varios cursos de historia del arte en la Facultad de Filosofía y Letras en Ciudad de México, lo que le influiría sobremanera a lo largo de su vida. Después se dedicaría a viajar a lo largo de todo el país, para conocer mejor la situación del mismo. Escribió sus dos mejores obras gracias a una beca del Centro mexicano de Escritores, que le permitieron su publicación y que el mundo disfrutara de la obra de este maravilloso escritor. Juan Rulfo falleció en el sitio que más adoraba, la Ciudad de México, en el año 1986. Para recordarle, hemos querido recopilar las mejores frases de Juan Rulfo, ¡no te las pierdas!

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80 Frases de Juan Rulfo: el escritor mexicano que amaba a su país

1. Desgraciadamente, yo no tuve quien me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí.

2. Los problemas sociales se pueden plantear de una manera artística. Es difícil evadir de una obra el problema social, porque surgen estados conflictivos, que obligan al escritor a desarrollarlo.

3. La novela, dicen, es un género que abarca todo, es un saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro o acción, ensayos filosóficos o no filosóficos, una serie de temas con los cuales se va a llenar aquel saco; en cambio, en el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse y, en unas cuantas palabras, decir o contar una historia que otros cuentan en doscientas páginas.

4. Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas cosas que al ser desarrolladas se pierden.

5. El alma es antípoda del cuerpo, y así amanece para ella cuando anochece para él.

6. Tan peligrosa es la mocedad por sus excesos como la vejez por sus ataques.

7. La gente se muere dondequiera. Los problemas humanos son iguales en toda partes.

8. Estas charlas que yo tengo con mi conciencia son a veces muy largas, duran días enteros; por eso no resulta que me pongo a contártelas en esta pobre carta. De verdad, cuídate mucho, como y duerme bien y sueña con los angelitos y no en esta cosa maligna que soy yo. Pero no me olvides.

9. Yo lloro, sabes, lloro a veces por tu amor. Y beso pedacito a pedazo cada parte de tu cara y nunca acabo de quererte.

10. La imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape, y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse.

11. Todo escritor que crea es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.

12. Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimidos mis labios.

13. ¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido.

14. Mi madre se llamaba María Vizcaíno y estaba llena de bondad, tanta, que su corazón no resistió aquella carga y reventó. No, no es fácil querer mucho, Juan.

15. Se trabaja con imaginación, intuición y una verdad aparente; cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar.

16. El tiempo es más pesado que la más pesada carga que puede soportar el hombre.

17. El sueño es un buen colchón para el cansancio.

18. Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Comala, por el retorno; pero jamás volvió. Traigo los ojos con que ella miró estas cosas.

19. Concretando: se trabajo con imaginación, intuición y una verdad aparente; cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer.

20. No se puede contra lo que no se puede.

21. La muerte no se reparte como si fuera un bien. Nadie anda en busca de tristezas.

22. Me gustas más cuando te sueño, entonces hago de ti lo que quiero.

23. Nada puede durar tanto, no existe ningún recuerdo por intenso que sea que no se apague.

24. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.

25. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir.

26. Sé que, a veces, cuando me examino el alma, la siento un poco quebrada.

27. Siempre anduve paseando mi amor por todas partes, hasta que te encontré a ti y te lo di enteramente.

28. Pero, ¿por qué las mejores siempre tienen una duda? ¿Reciben avisos del cielo o qué?

29. Sueño con la tranquilidad que, según yo, es la mayor riqueza del hombre. Espero la magia de otras noches porque yo soy un tecolote. Todo lo hago de noche.

30. Sólo yo sé lo lejos que está el cielo de nosotros, pero sé cómo acortar veredas.

31. Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde tan lejano.

32. Mi madre murió entonces. Que yo debía haber gritado: que mis manos tenían que haberse hecho pedazos estrujando su desesperación. Así hubieras tú querido que fuera. ¿Pero acaso no era alegre aquella mañana?

33. ¿Por qué no simplemente la muerte y no esa música tierna del pasado?

34. Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron primero que los tuyos.

35. Dice que ella escondía sus pies entre las piernas de él. Sus pies helados como piedras frías y que allí se calentaban como en un horno donde se dora el pan.

36. Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La gelatina de los ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada.

37. Pienso cuando maduraban los limones. En el viento de febrero que rompía los tallos de los helechos, antes que el abandono los secara; los limones maduros que llenaban con su olor el viejo patio.

38. Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños.

39. La Piedra blanca, el aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo  que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer.

40. Estas pláticas que yo tengo con mi conciencia son a veces muy largas, duran días enteros; por eso no resulta que me ponga a contártelas en esta pobre carta.

41. Pero los caminos de ella eran más largos que todos los caminos que yo habia andado en mi vida y hasta se me ocurrió que nunca terminaría de quererla.

42. Porque la verdad es que te conozco de vista desde hace mucho tiempo, pero me gustas más cuando te sueño. Entonces hago de ti lo que quiero. 

43. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. 

44. Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul y detrás de él tal vez haya canciones; tal vez mejores voces… Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.

45. Y ustedes y yo y todos sabemos que el tiempo es más pesado que la más pesada carga que puede soportar el hombre.

46. Era ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado por el olor podrido de la saponarias.

47. Te cansarás primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar antes que tú estés allí -dijo el que iba detrás de él-. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues.  

48. Por lo pronto, me puse a medir el tamaño de mi cariño y dio 685 kilómetros por la carretera. Es decir, de aquí a donde tú estás. Ahí se acabó. Y es que tú eres el principio y fin de todas las cosas. (despedida de misiva a Clara Aparicio, su esposa)

49. Estoy comenzando a pagar. Más vale empezar temprano, para terminar pronto.

50. Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.

51. Ese sueño que eres tú todavía dura. Durará siempre, porque siento como que estás dentro de mi sangre y pasas por mi corazón a cada rato.

52. Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?

53. Él creía conocerla. Y aun cuando no hubiera sido así, ¿acaso no era suficiente saber que era la criatura más querida por él sobre la tierra?

54. Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros.

55. Yo sé cómo le brillaban antes los ojos como si fueran charcos alumbrados por la luna. Pero de pronto se destiñeron, se le borro la mirada como si la hubieran revolcado en la tierra.

56. Sólo yo entiendo lo lejos que está el cielo de nosotros; pero conozco cómo acortar las veredas. Todo consiste en morir, Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él lo disponga. O, si tú quieres, forzarlo a disponer antes de tiempo.

57. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo.

58. Miraba caer las gotas iluminadas por los relámpagos, ya cada que respiraba suspiraba, y cada vez que pensaba, pensaba en ti.

59. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren al llegar al infierno regresan por su cobija.

60. Me enterraron en tu misma sepultura y cupe muy bien en el hueco de tus brazos. Aquí en este rincón donde me tienes ahora. Sólo se me ocurre que debería ser yo la que te tuviera abrazado a ti. ¿Oyes?. Allá afuera está lloviendo.

61. Pero ¿por qué las mujeres siempre tienen una duda? ¿Reciben avisos del cielo, o qué?

62. Ella no se imaginaba a la muerte sino de un modo tranquilo: tal como un río que va creciendo paso a paso, y va empujando las aguas viejas y las cubre lentamente; más sin precipitarse como lo haría un arroyo nuevo.

63. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupan como van amontonándose los años. 

64. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia siempre deja huella.

65. Apréndete esto, hijo: en el nidal nuevo hay que dejar un huevo. Cuando te aletié la vejez aprenderás a vivir, sabrás que los hijos se te van, que no te agradecen nada; que se comen hasta tu recuerdo.

66.  Sólo las lagartijas buscan la misma covacha hasta cuando mueren. Dí que te fue bien y que conociste mujer y que tuviste hijos, otros ni siquiera han tenido eso en su vida, han pasado como las aguas de los ríos, sin comerse ni beberse.

67. Nadie de los que todavía vivimos está en gracia de Dios. Nadie podrá alzar sus ojos al cielo sin sentirlos sucios de vergüenza.

68. ¡Que se le pudra en los riñones la sangre que le di!” Lo dije desde que supe que usted estaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente.

69. Y abrí la boca para que se fuera (mi alma). Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón.

70. Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo.

71. El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra.

72.Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. 

73. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. 

74. Sube o baja según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene, baja.

75. Me acordé de lo que me había dicho mi madre: «Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz.» Mi madre… La viva»

76. Era la época en que el maíz ya estaba por pizcarse y las milpas se veían secas y dobladas por los ventarrones que soplan por este tiempo sobre el Llano. Así que se veía muy bonito ver caminar el fuego en los potreros; ver hecho una pura brasa casi todo el Llano en la quemazón aquella, con el humo ondulado por arriba; aquel humo oloroso a carrizo y a miel, porque la lumbre había llegado también a los cañaverales.

67. El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo; Sonreías. Dejabas atrás un pueblo del que muchas veces me dijiste: ‘Lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo demás, hasta por haber nacido en él’. Pensé: ‘No regresará jamás; no volverá nunca.

78. El que camina un minuto sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral. (frase de Walt Whitman dedicada a su esposa Clara)

79. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

80.  Chiquilla: ¿Sabes una cosa? He llegado a saber, después de muchas vueltas, que tienes los ojos azucarados. Ayer nada menos soñé que te besaba los ojos, arribita de las pestañas, y resultó que la boca me supo a azúcar; ni más ni menos, a esa azúcar que comemos robándonosla de la cocina, a escondidas de la mamá, cuando somos niños. (misiva a su esposa Clara Aparicio 1948)

Como podrás comprobar, en estas frases de Juan Rulfo se aprecian claramente las dificultades que pasó en su infancia y como luchó para superarlas. Ahora nos gustaría saber tu opinión acerca del célebre autor mexicano. ¿Conocías la difícil situación por la que pasó en su niñez? ¿Has leído algún libro de este escritor? ¿Cuál de estas frases de Juan Rulfo te ha gustado más? ¡No dudes en comentar!

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