90 Frases de Sylvia Plath | Confesiones de una poeta
5 con 1 voto[s]

Sylvia Plath (1932-1963) fue una poetisa estadounidense, exponente del género confesional. Su talento para las letras se hizo visible desde muy pequeña; publicó su primer poema cuando tenía ocho años. El sufrimiento fue una constante en su vida, ya que se sentía esclavizada por su condición de mujer; tanto fue así que durante sus estudios universitarios intentó suicidarse. Para ahondar en la interesante mente de esta autora, en Frases de la Vida hemos querido recopilar las mejores Frases de Sylvia Plath y así poderlas compartir contigo.

Después del primer intento de suicidio, pasó un tiempo tratándose en una institución psiquiátrica. Se graduó con honores de Smith College, donde estudió Literatura, y obtuvo una beca Fulbright para continuar con su formación en la Universidad de Cambridge. Durante su estancia allí, conoció a Ted Hughes, con quien se casó. Algunos acontecimientos dolorosos dejaron cicatrices en la vida de Sylvia: la infidelidad de su esposo, un aborto, traumas de la infancia, una enfermedad y falta de dinero para atenderse. Finalmente en 1963 Sylvia se suicidó con gas, y fue Hughes quien se encargó de publicar su obra, que fue premiada póstumamente con un Pulitzer. Algunas de sus obras destacadas son: El coloso, La campana de cristal, Ariel, Diarios completos o Tres mujeres entre otros. Sin más dilación, te dejamos con las mejores Frases de Sylvia Plath.

90 Frases de Sylvia Plath | La poetisa en lucha consigo misma

1. La mayor parte del tiempo la paso meditando sobre la pared de enfrente. Es rosada, con manchas. Tanto la miré que me parece que ya forma parte de mi corazón. Aunque con intermitencias. Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.

2. Hoy es el primero de agosto. Hace calor, húmedo y mojado. Está lloviendo. Estoy tentado a escribir un poema. Pero recuerdo lo que decía en el papel de rechazo: «Después de fuertes lluvias, los poemas con título de ‘Lluvia’ llegan a raudales de todo el país».

3. Soy un jardín de agonías rojas y negras. Las bebo, odiándome a mi misma, odiándome y temiéndome.

4. Las voces de la soledad, las voces de la tristeza golpean mi espalda inevitablemente.

5. Morir es un arte, como cualquier otra cosa. Yo lo hago excepcionalmente bien. Lo hago para sentirme hasta las heces. Lo ejecuto para sentirlo real. Podemos decir que poseo el don.

6. Aunque el amor llegue un día, me da miedo que tan sólo sea esto; y, aunque el amor llegue un día, también me da miedo que sea mucho más.

7. A sus pies las olas, en fila india, no reventando nunca de irritación, se inclinan: en el aire se atascan, frenan, caracolean como caballos en plaza de armas. Las nubes enarboladas y orondas, encima.

8. He intentado no pensar demasiado. He intentado ser natural. 

9. No quiero que sea excepcional. La excepción interesa al diablo. La excepción escala la colina de la tristeza o se sienta en el desierto, dañando el corazón de su madre. 

10. No es fácil expresar lo que has cambiado. Si ahora estoy viva entonces muerta he estado, aunque, como una piedra, sin saberlo, quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.

11. Si nunca esperas nada de nadie nunca te decepcionarás.

12. Prefiero a los médicos, a los abogados, a las parteras… a cualquier cosa antes que a los escritores, son la cosa más narcisista que existe.

13. Me sentía sabia y cínica como el infierno.

14. Cuando yo tenía 19 años la pureza era un gran tema. El mundo estaba dividido entre católicos y protestantes, o entre republicanos o demócratas o entre blancos y negros, o aun entre hombres y mujeres, yo lo veía dividido entre la gente que se había acostado con alguien y la gente que no lo había hecho, y ésta parecía ser la única diferencia verdaderamente significativa entre una persona y otra.

15. Tuve oportunidades. Probé y traté. Cosí la vida a mi vida como una voz rara. Caminé con cuidado, con precaución, como un objeto extraño. Intenté no pensar demasiado. Traté de ser natural.

16. Me sentía embotada y pesada y llena de sueños destruidos.

17. Le hablo a Dios pero el cielo está vacío.

18. La odio -dije, y esperé a que cayera el golpe. Pero la doctora Nolan sólo me sonrió como si algo la hubiera complacido mucho, muchísimo, y dijo: -Supongo que sí.

19. El suelo parecía maravillosamente sólido. Era consolador saber que me había caído y que no podía caer más abajo.

20. Pensé que la cosa más hermosa del mundo debía de ser la sombra, el millón de formas animadas y callejones sin salida de la sombra.

21. Un higo era un marido y un hogar feliz e hijos y otro higo era un famoso poeta, y otro higo era un brillante profesor, y otro higo era Europa y África y Sudamérica y otro higo era Constantino y Sócrates y Atila y un montón de otros amantes con nombres raros y profesionales poco usuales, y otro higo era una campeona de equipo olímpico de atletismo, y más allá y por encima de aquellos higos había muchos más higos que no podía identificar claramente.

22. Luego, simplemente se quedó parado frente a mí y yo seguí mirándolo. No pude pensar más que en el pescuezo y la molleja de un pavo y me sentí muy deprimida.

23. Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.

24. Saltos y espirales tan puros sin duda recorren eternamente el mundo, y no me quedaré despojada de belleza: el don de tu pequeña vida, tu olor a pasto mojado cuando duermes, azucenas, azucenas que no pueden compararse con tu carne.

25. Así que empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado.

26. Tengo que admirar profundamente a alguien para valorarlo como amigo.

27. Tus propias limitaciones te crucifican.

28. Lo único que hacía era estudiar demasiado, y nunca sabía cuándo debía detenerme.

29. Tomé una respiración profunda y escuché el viejo rebuzno de mi corazón: soy yo, soy yo, soy yo.

30. Mi alma debe estar detrás de ti; Estoy matando mi carne sin ella. 

31. Me encuentro absolutamente colmada cuando he escrito un poema.

32. ¡Satisfacción! No podría vivir sin ella. Es como agua o pan, o algo absolutamente esencial para mí.

33. La poesía es una disciplina tiránica; vas tan lejos, tan rápido, que en un espacio reducido tenes que desviarte a toda la periferia. 

34. Mis poemas surgen inmediatamente de la experiencia sensitiva y emocional que tengo.

35. Nunca podré reunirte íntegramente, juntar, pegar, articular como corresponde rebuznos de mula, gruñidos de cerdo, obscenos graznidos provienen de tus grandes labios.

36. La perfección es terrible, ella no puede tener niños.

37. Tanto trabajando, leyendo, pensando, viviendo para hacer. El curso de la vida no es suficientemente largo. 

38. Quizás cuando nos encontramos deseando todo, es porque estamos peligrosamente cerca de no desear nada.

39. Hay algo de desmoralizante en observar a dos personas que se excitan más y más locamente entre sí, especialmente cuando la única persona que sobra en la habitación es uno mismo.

40. Si ser neurótica es decir dos cosas mutuamente excluyentes en el mismo momento, entonces soy endemoniadamente neurótica. Estaré volando de una a otra cosa mutuamente excluyente durante el resto de mi vida.

41. Me vi a mí misma sentada en la bifurcación de ese árbol de higos, muriéndome de hambre sólo porque no podía decidir cuál de los higos escoger. 

42. Observar sin más es como contemplar París desde el vagón de cola de un expreso que marcha en dirección contraria: a cada instante la ciudad se hace más y más pequeña, sólo que es uno quien se siente cada vez más y más pequeño y más y más solitario, alejándose a toda velocidad de aquellas luces y de aquella agitación, alejándose a cerca de un millón de kilómetros por hora.

43. El silencio me deprimía. No era realmente el silencio. Era mi propio silencio. Sabía perfectamente que los coches hacían ruido y la gente que iba dentro de ellos y la que estaba detrás de las ventanas iluminadas de los edificios hacían ruido, y el ruido hacía ruido, pero yo no oía nada. 

44. Debe de haber unas cuantas cosas que un baño caliente no puede curar, pero yo conozco muchas; siempre que estoy triste hasta morir, o tan nerviosa que no puedo dormir, o enamorada de alguien a quien no veré en una semana, me deprimo, pero sólo hasta el punto en que me digo: «Tomaré un baño caliente». 

45. Desde las cenizas me levanto, con mi cabello rojo y devoro hombres como el aire.

46. No me animé a preguntarle si había otras maneras de tener bebés. Por alguna razón lo más importante para mí era el hecho de ver salir al bebé de una misma y tener la seguridad de que es el de una. Pensé que ya que era necesario soportar ese dolor de todas maneras, daba lo mismo permanecer despierta.

47. Papi: he tenido que matarte. Te moriste antes de que me diera tiempo… Pesado como el mármol, bolsa llena de Dios, lívida estatua con un dedo del pie gris, del tamaño de una foca de San Francisco. Y la cabeza en el Atlántico extravagante en que se vierte el verde legumbre sobre el azul en aguas del hermoso Nauset.

48. Sabía que debía estarle agradecida a la señora Guinea, sólo que no podía sentir nada. Si la señora Guinea me hubiera dado un pasaje a Europa, o un viaje alrededor del mundo, no hubiera habido la menor diferencia para mí, porque donde quiera que estuviera sentada -en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok- estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado.

49. Quizás el olvido, como una bondadosa nieve, los entumeciera y los cubriera. Pero eran parte de mí. Eran mi paisaje.

50. De la punta de cada rama, como si de un grueso higo morado se tratara, pendía un maravilloso futuro, señalado y rutilante.

51. El problema era que yo siempre había sido inadecuada…

52. Sentí el invierno sacudiéndome los huesos y haciéndome castañetear los dientes.

53. Y si mi tutora hubiera sabido cuán asustada estaba y cuán seriamente contemplaba posibles soluciones extremas, como el obtener un certificado médico que me declarara incapacitada para el estudio de la Química, en que constara que las fórmulas me mareaban y cosas por el estilo, estoy segura de que no me hubiera escuchado un sólo minuto y me habría hecho hacer el curso a pesar de todo.

54. Inspiré profundamente y escuché el antiguo estribillo de mi corazón. Yo soy yo soy yo soy.

55. Sentía mis pulmones llenarse con el paisaje que afluía hacia ellos. -Aire, montañas, gente, árboles-. «Esto es ser feliz», pensé.

56. Pero cuando llegó el momento de hacerlo, la piel de mi muñeca parecía tan blanca e indefensa que no pude. era como si lo que yo quería matar no estuviera en esa piel ni en el ligero pulso azul que saltaba bajo mi pulgar, sino en alguna parte, más profunda, más secreta y mucho más difícil de alcanzar.

57. Para la persona encerrada en la campana de cristal, vacía y detenida como un bebé muerto, el mundo mismo es la pesadilla.

58. ¿Quién es este terrible muchacho azul, extraño y brillante, como caído de una estrella?

59. Si uno hace algo incorrecto en la mesa con cierta arrogancia, como si supiera perfectamente que está haciendo lo que corresponde, puede salir del paso y nadie pensará que es grosero o que ha recibido una pobre educación. Pensarán que uno es original y muy ocurrente.

60. Buddy me decía que estaba leyendo poemas escritos por alguien que también era médico y que había descubierto que había un famoso cuentista ruso, ya muerto, que también había sido médico, así que era posible que los escritores y los médicos congeniaran.

61. Seré una de las pocas poetisas en el mundo completamente feliz de ser mujer, no una de esas amargadas y frustradas, retorcidas imitadoras de hombres, que en su mayoría acaban destrozadas.

62. Era demasiado tarde y su rostro se tornó más nítido, amoroso, como si yo estuviera lista.

63. Mi árbol favorito era el sauce llorón. Yo pensé que debían de haberlo traído del Japón. En Japón entendían las cosas del espíritu.

64. Quería todos y cada uno de ellos, pero elegir uno significaba perder el resto, y, mientras yo estaba allí sentada, incapaz de decidirme, los higos empezaron a arrugarse y a tornarse negros y, uno por uno, cayeron al suelo, a mis pies.

65. Tenía que estar pasándomelo en grande, tenía que estar ilusionada como las otras chicas, pero no conseguía reaccionar.

66. Vi mi vida extendiendo sus ramas frente a mí como la higuera verde del cuento.

67.  Y yo sabía que a pesar de todas las rosas y besos y cenas en restaurantes que un hombre hacía llover sobre una mujer antes de casarse con ella, lo que secretamente deseaba para cuando la ceremonia de boda terminase era aplastarla bajo sus pies como la alfombra de la señora Willard.

68. Ya no, ya no, ya no me sirves, zapato negro, en el cual he vivido como un pie durante treinta años, pobre y blanca, sin atreverme apenas a respirar o hacer achís.

69. Siempre me había imaginado a mí misma apoyándome sobre los codos en la mesa de partos después que todo hubiera terminado, mortalmente pálida, por supuesto, sin maquillaje y debido a la terrible prueba, pero sonriente y radiante, con el cabello suelto hasta la cintura tendiendo las manos hacia mi primer bebé, pequeño y pataleante, y diciendo su nombre, cualquiera que fuese. 

70. Una chica vive durante diecinueve años en un pueblo ignorado, tan pobre que no puede siquiera comprar una revista, y entonces gana una beca para la universidad, un premio aquí, otro allá, y termina conduciendo Nueva York como si fuera su propio coche.

71. Bailan y patalean encima de ti. Siempre supieron que eras tú. Papi, papi, hijo de puta, estoy acabada.

72. Solía rezar para recuperarte. Ach, du. En la lengua alemana, en la localidad polaca apisonada por el rodillo de guerras y más guerras. Pero el nombre del pueblo es corriente. Mi amigo polaco dice que hay una o dos docenas. De modo que nunca supe distinguir dónde pusiste tu pie, tus raíces: nunca me pude dirigir a ti.

73. La lengua se me pegaba a la mandíbula. Se me pegaba a un cepo de alambre de púas. Ich, ich, ich, ich, apenas lograba hablar: Creía verte en todos los alemanes.

74. Empecé a hablar como los judíos. Creo que podría ser judía yo misma. Las nieves del Tirol, la clara cerveza de Viena, no son ni muy puras ni muy auténticas.

75. Con mi abuela gitana y mi suerte rara y mis naipes de Tarot, y mis naipes de Tarot, podría ser algo judía. Siempre te tuve miedo, con tu Luftwaffe, tu jerga pomposa y tu recortado bigote y tus ojos arios, azul brillante. Hombre-panzer, hombre-panzer: oh Tú… No Dios, sino un esvástica tan negra, que por ella no hay cielo que se abra paso.

76. Cada mujer adora a un fascista, con la bota en la cara; el bruto, el bruto corazón de un bruto como tú. 

77. Tenía yo diez años cuando te enterraron. A los veinte traté de morir para volver, volver, volver a ti. Supuse que con los huesos bastaría. Pero me sacaron de la tumba, y me recompusieron con pegamento. Y entonces supe lo que había que hacer. 

78. Saqué de ti un modelo, un hombre de negro con aire de Meinkampf, e inclinación al potro y al garrote. Y dije sí quiero, sí quiero. De modo, papi, que por fin he terminado.

79. El teléfono negro está desconectado de raíz, las voces no logran que críe lombrices. Si ya he matado a un hombre, que sean dos: el vampiro que dijo ser tú y me estuvo bebiendo la sangre durante un año, siete años, si quieres saberlo.

80. Ya puedes descansar, papi. Hay una estaca en tu negro y grasiento corazón, y a la gente del pueblo nunca le gustaste. 

81. Medito en el baño. El agua tiene que estar bien caliente, tan caliente que apenas se soporte el poner el pie dentro. Entonces uno se desliza suavemente, hasta que el agua le llega al cuello.

82. Pensé que quizá fuera verdad, que cuando uno se casaba y tenía hijos era como un lavado de cerebro, y que después una iba por el mundo sedada como un esclavo en un estado totalitario.

83. He intentado ser ciega en el amor, como las otras mujeres, ciega en la cama, con mi amante ciego, sin buscar, en la densa oscuridad, un rostro ajeno.

84. Estás de pie junto a la pizarra, papi, en el retrato tuyo que tengo, un hoyo en la barbilla en lugar de en el pie, pero no por ello menos diablo, no menos el hombre negro que me partió de un mordisco el bonito corazón en dos.

85. También recuerdo a Buddy Willard diciendo, con una seguridad siniestra, que una vez que me casara me sentiría diferente, que no iba a querer seguir escribiendo poemas. 

86. Y el lenguaje obsceno, una locomotora, una locomotora que me apartaba con desdén, como a un judío. Judío que va hacia Dachau, Auschwitz, Belsen.

87. La ciudad colgaba en mi ventana, chata como un cartel, brillando y titilando, pero muy bien podía no haber estado allí, por lo que a mí concernía.

88. Quiero que sea normal, que me quiera como yo a él.

89. ¿Cómo quebrar la Campana y salir libre al mundo, sin miedos ni colapsos?

90. La realidad es relativa, depende de con qué lente la mirés. 

Si te han gustado las Frases de Sylvia Plath, también puede interesarte…

Esperamos que nuestra selección de frases de Sylvia Plath haya resultado interesante para ti. Déjanos un comentario y cuéntanos qué citas te han conmovido más. ¿Te identificas con algún poema o con algunas Frases de Sylvia Plath? ¿Qué impresiones tienes acerca de su obra y de su vida? Nos encantaría conocer qué piensas y qué emociones despierta en ti la poesía confesional, compártenos tus opiniones en la sección de comentarios. 🙂

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here